La partida
Me gusta la soledad. Cuando estoy rodeada de gente, de mi gente, me siento plena. Pero en soledad, me veo. Soy consciente de entender la vida de forma distinta a los demás, eso me hace sentir libre. Me cuento historias, sobre cualquier pequeña arista de la madera. Me encanta trabajar con ella, modificarla como me gustaría hacer con las personas, con el mundo, para hacerlo más amable, con más belleza.
Los sábados son festivos, mi día preferido desde siempre. Aunque no haga nada especial, intento darme algún pequeño capricho para celebrarlo, o cojo la cámara o reviso archivo. Cuando miro mis
fotografías, retengo y vuelvo a la inspiración exacta de aquel momento. Eso me hace vibrar.
Noticias… Las noticias del posible apocalipsis que nos acecha, las mantengo alejadas. Mejor disfrutar del canto del mirlo, de mi mirlo que lleva años cohabitando en mi jardín. Mejor capturar mis pequeños momentos para crecer con las nimiedades. Las crueles ya vendrán solas, cuando lleguen ya veré cómo lidiar con ellas.
27. Mi número es el veinte y siete, porque es el que tenía en mi carpeta escolar de tercer grado y que aún conservo. Tan arbitrario como mi cólico mental al escribir. Podían haber entrado una o dos niñas más en la clase y el número sería otro. Pude haberme quedado con el de primero de primaria o sexto… Seguramente fuese, porque ese fue un buen año, una buena tutora que entendía mi abstracción en clase. Es curioso que busquemos siempre la alineación, el orden, incluso numérico, que sintamos la obligación de organizarnos como elementos inamovibles del planeta. ¡Con lo anárquica que soy yo, y tengo mi propia cifra!.
57. Cincuenta y siete razones para no pensar en lo que no debo, en cualquier cosa que me aparte de mi felicidad.
Los miedos. Son capeables si los obvias, se acaban difuminando.
Lo que me falta. Últimamente le presto más atención a esto, y me desequilibra.
Lo que me sobra. Mejor eliminarlo sin más… Sin pensarlo mucho.
No me voy a cansar enumerando todo lo que debo evitar, sería contradictorio y me resta tiempo para lo que sí quiero hacer, que es mucho para el poco tiempo que me queda. Prefiero no contabilizar los polvos que me estoy perdiendo por cobardía unas veces y por desidia otras.
Me encanta la gente mordaz, con sentido del humor punzante, como una partida de ajedrez. Una partida de ajedrez. Un reto, una lucha de inteligencia rápida y aguda. Así me gusta jugarlas, sin mucha reflexión sobre el próximo movimiento. Y no me refiero a los polvos, que me gustan lentos y pausados. Pero así me muevo por mi mundo, por impulsos. A estas alturas tengo más que claro, que mi intuición me es más ventajosa, que los pasos bien elaborados y madurados. Al final, se me ponen pochos. Supongo que porque me pierdo en el proceso, mi inteligencia alcanza el punto álgido rápido y luego decae. La primera idea, igual que el primer disparo con la cámara, es el válido. Cuando hablamos de sentimientos, de emociones, son espontáneas.
En mi propio caos encuentro el equilibrio. Me siento agusto enredada en la noria que gira y gira hacia la satisfacción. Bastantes obligaciones tuve. Bastante prisa tengo para acabar mi infinita lista de proyectos.
Natacha Marlo

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